Que somos los jaguares de Sudamérica, que somos un ejemplo de civilización, pero lo somos en realidad. En “teoría”, la mayoría de los pueblos occidentales disponemos de cierto grado de civilización. Averigüémoslo.
Desde un principio, el concepto de civilización ha experimentado una fuerte evolución. Primitivamente se refería a la vida en torno a la civitas, por oposición a la vida rural o campestre, más propia de los bárbaros. Alguien civilizado era alguien culto y refinado, e imbuido de la vida cívica, por oposición a la ignorancia y a la simpleza (o inexistencia) de las instituciones políticas del campesinado.
Progresivamente, a medida que creció el sentido mesiánico de Occidente, el concepto se hizo sinónimo de civilización occidental, hasta el punto que ésta era la Civilización por antonomasia. Sin embargo, el debilitamiento de la influencia de Europa occidental (el foco clásico de la civilización) a partir de la Primera Guerra Mundial, hizo que esta noción fuese puesta en duda. Cobró entonces fuerza la noción de civilización como una suerte de supraorganismo cultural, apoyada por Oswald Spengler y Arnold J. Toynbee, y reactualizada por Samuel Huntington.
Bueno, hemos visto en la actualidad que el concepto de civilización no se aplica con rigurosidad sino que se les denomina pueblos civilizados aquellos que posean cierto grado de tecnología o sean más occidentalizados. Pues bien, una sociedad mide su grado de civilización en base a su justicia social, participación democrática, monopolio estatal de la fuerza, cultura deconstructiva de conflictos, control de las pasiones mediante la interdependencia y estado de derecho. Inconsecuentemente, sólo los últimos tres puntos se ven reflejados en nuestra sociedad.
Es decir, en la sociedad chilena existe un mínimo de participación democrática ya que no elegimos o no somos capaces de elegir a gobernadores, intendentes, ministros, miembros de organismos articuladores, etc. Tampoco se observa la justicia social, es cosa de mirar la pésima distribución de los ingresos que existen en el país y, lo más preocupante es que el monopolio estatal de la fuerza ya escapa de las ,manos del Estado ahora se ha canalizado hacia grupos anarco como los encapuchados que hacen de las suyas en cada protesta masiva que existe.
Entonces, somos un país civilizado, creo que la respuesta nos la da nuestra propia actualidad noticiosa en la que cada día se demuestra que a este jaguar le faltan manchas.